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lunes, 18 de marzo de 2013

LA NOVELA DE PERÓN


por Jorge Quiroga


Escribir la Historia, montar una ficción desde los hechos reales. El registro  inevitablemente tiene un componente  periodístico, mejor dicho ese es el origen que motiva la  escritura, que tomará detalles y los convertirá en motor narrativo. El  enigma es la figura del General Perón, más que el peronismo y la época. La historia quizás secreta o confidencial capturada en el momento mismo de su retorno al país, en ese sentido se centra en ese aspecto y los sucesos de Ezeiza.
Dos momentos míticos  para la  historia  contemporánea  argentina, que la narración redobla. El epígrafe es de “París era una fiesta” novela de Ernest Heminway: “Si  el lector lo prefiere puede considerar este libro como una obra de ficción. Siempre cabe  la posibilidad de que un libro de ficción, deje caer alguna luz sobre las cosas que antes fueron narradas como hechos”
Se trata  entonces de ficcionalizar los hechos reales, contar una historia, la de Perón y la  decrepitud de su cuerpo en el momento en que vuelve. Los amagues y deslizamientos del  personaje  sobre esa posibilidad, formaban en la historia política misma  una manera de desorientar a propios y ajenos, como si se tratase de una operación ambigua, que no terminaba nunca de concretarse ya  que en verdad  era una especie de parodia (en 1964   Perón al volver en el baúl de un coche urdía una grotesca burla). Lo cierto es que  el  epígrafe nos remite a otro famoso. El de Quien mató a Rosendo escrito por Rodolfo Walsh donde se dice “Si alguien quiere leer este libro como una simple novela policial es cosa suya” (1968). Es decir, los hechos pueden convertirse en  Literatura por un acto del lector.  Claro que esto trae una problematización del tema de la verdad y su vinculación  con lo literario.
Tomás  Eloy Martínez lo relaciona con una ambigüedad contradictoria del General, que trata de explicar en base a criterios de lógica y práctica militar, que tienen referencias muy directas con la formación estricta o predominantemente castrense: Dice Perón “Los argentinos como usted  sabe, nos caracterizamos por creer que tenemos siempre la verdad. A esta casa vienen  muchos argentinos queriéndome vender una verdad  distinta como si fuera la única ¿y yo que quiere que haga? ¡Les creo a todos!”
En  realidad la posición de Walsh iba en dirección de la verdad como fundamento ético, y entonces su investigación “periodística” se transforma  en un proceso, donde eso que el llama periodismo,  aunque sabe que no lo es, modifica en el propio camino de la escritura, a los protagonistas y hasta el mismo escritor, que ya no será nunca más igual, porque allí va entrando en la militancia y con  ella se da a los demás.
Ahora, escribir la Historia, siempre y en este  caso de la Novela de Perón es un hecho de lectura (¿una ficción tiene que tener en cuenta esto que es una frontera y que se inmiscuye en el relato) Está la visión que se tiene de las cosas, y el testimonio por más fidedigno, o anclado en lo real, lleva siempre los indicios de una interpretación de los hechos y de su organización.
El testimonio aquí es utilizado en función de recortar un momento preciso, el retorno, y transformación en la historia mínima de este personaje, y de fragmentos, necesariamente hipotéticos de su vida, basada en huellas o referencias recogidas, hasta contar la historia de Perón y su pasado, en clave, y con la intención de acercarse a narrar esa figura ambiguamente descentrada.
“En la Argentina no, hay más hogar que el exilio”, acaso piensa el General, o un vacío, o algo que fue entrañable, y que al correr de los años y de su ausencia, se ha vuelto por lo menos irreal, no le pertenece, y ante el país dice que es un extraño, o se ve redimensionado con la incomodidad que trae el fluir del tiempo.
 El que vuelve, después de instalarse lejos y con el  aislamiento que trae la vejez, reconoce en esa grieta, lo fisura, hasta llegar a pensar que no quiere ser el mismo, porque ya es otro.
Lo dominan y lo cobijan, López  Rega  e Isabel, rodeándolo y  constituyendo su mundo posible, en la separación y en su desmemoria.
El Secretario privado, mucamo, confianzudo y trivial, está metido en la cotidianeidad sustentando su accionar, y comprendiendo los alcances de su desfallecimiento, hasta en el más mínimo gesto íntimo, convirtiéndose imprescindible hasta en su servilismo.
¿ Porque Buenos Aires queda tan lejos y es un punto inevitable que lo lleva al recuerdo? Sin embargo la indiferencia de Franco, contrasta con el deseo de muchos compatriotas. Dos tiempos, el de Madrid y el de Buenos Aires que no coinciden, ni siquiera se complementan.
Perón se encuentra en un momento de su vida que debe desprenderse y volver a la Argentina como país hostil. Cámpora  y su fidelidad ceremoniosa,  irrita al General. Desfilan sujetos de significación en los sucesos del retorno y el centro nodal del relato son los hechos de Ezeiza. Todo se encadena,  la invención ficcional y el testimonio, se trata de reconstruir, cubriendo esas circunstancias trágicas de la reciente historia política argentina.
Arcángelo Gobbi y sus oníricos encuentros insospechados con la virgen María vive místicamente, lo que no le impide empuñar un arma y perseguir infiltrados y enemigos. En la penumbra sigue Cresto, personaje que es una mezcla de ignorancia, agorerismo de barrio y miseria kischt. Isabel toma el nombre prestado al convertirse en el recuerdo en bailarina de compañías itinerantes (en la época del exilio) que deambulan por oscuras regiones del país  y Latinoamérica.
Como se ve cambios temporales, en función de esa cohorte de contrahechos cuya existencia emerge en el realismo maravilloso descampado de Eloy, cuyos vínculos con la realidad de por sí son propicios a una imaginería de lo narrado. Son sujetos como López Rega “dotado para el resentimiento”, cantor barrial, anacrónico, arribista, esotérico, y  berreta, del que no se puede esperar más que un residual ímpetu de venganza.
Tomás Eloy Martínez escribe una biografía novelada, alusiva, lo que ya es un riesgo porque se parte de cierto material de origen periodístico donde hay un desde  el vamos, y tal vez lo único que hay que hacer es montar  la urdimbre de esa trama, que por otra parte hay que contar.
Descifrar, leer entrelíneas, esto se le recomienda al hipotético periodista Zamora, quiere decir narrar una historia creíble con algo que se le escapa. Entonces la genealogía del General, se manifiesta, en esos primos ya vencidos y que se amontonan como un tropel en franca retirada... En verdad se habla de una biografía (o de varias, hecho a todas luces imposible) De una imagen fija, como la famosa de Ezeiza y de su palco, con hombres amenazando, blandiendo agresivamente armas.
Nada del cuerpo de Perón le pertenece, está insistentemente desposeído, por una constante presunción. Fotos de la Patagonia, desconocimiento del pasado, por lo que no importa que  nada sea verdad o mentira. Los otros son los que hacen pensar a un hombre, y señalan la vejez como cambio de humor. López elabora un libro de Memorias con los astillados recuerdos del General, y utiliza una impertinencia activa para lograr que su objetivo se cumpla.
Un poco todo será en vano. Con una pizca de insatisfacción y de rutina, que ironiza el tiempo que pasó. Hay que elegir un pasado, hundirse en historias remotas o reescribirlas. Un cuerpo desaloja a otro cuerpo, una ráfaga de evocaciones distrae al General de su intento, como si ello fuera algo ilusorio.
El esfuerzo consiste en recordarlo todo, para dar así la medida de un hombre, y esto se vislumbra como imposible. “Al mediodía de este 20 de junio, luego de marchas desde la Rotonda de Lavallol, las columnas de militantes llegarán a la retaguardia del palco, en la autopista de Ezeiza” Allí aparecerán otros protagonistas los jóvenes revolucionarios (Tomás Eloy ya los había tratado en otros textos en ese caso periodísticos como “La pasión según Trelew” donde concreta un tipo de escritura en la que el testimonio y la reconstrucción de los infaustos acontecimientos del fusilamiento, y la rebelión popular, que acompañaron los hechos históricos del sur del país. Eloy Martínez cuando  reprologa el libro en 1997 ya se siente lejano a esos hechos y se considera otra persona. En el de l 73, reflexiona “Me propuse tan sólo organizar las voces de aquel coro para que su sonido no traicionara el sonido del pasado”. Justamente de esto se trata y aunque no compartiera la forma de pensar de esos “militantes”, héroes para algunos, víctimas inútiles para el pueblo en general, su trabajo) es periodístico y le cuesta el propio cargo. Eloy compromete así  su vida se dispone a tratar de entender a los inútiles fusilamientos, su labor entonces es medida, y casi desaparece, porque su intención es comprensiva y trata de desnudar en esos hombres - los fusilados guerrilleros y los de la “Asamblea del pueblo”- con la obtención de un registro que le permita ver la realidad de una situación de extremo conflicto, donde su lectura periodística será  testimonial e identificatoria).
Diana en la novela es personaje prototípico, joven  sexuada y troszquizada, una especie de paradigma femenino de la militancia  extrema. Como decíamos la estrategia narrativa de la Novela, es contar la vida del General mediante una constante evocación de hechos ocurridos en la infancia y en la juventud de  Perón visto desde  el conflictivo presente de la vejez. Todo  ese  movimiento es provocado por dos sucesos: el inminente regreso y sus preparativos. Entre ellos las Inevitables Memorias que prepara Lopez Rega, escudriñando el pasado del General, con minuciosidad de  escriba y tergiversación obsecuente. En verdad, estas maniobras o procedimientos de la narración, se confunden, y se esboza  el tema de la falsificación (la verdad y la mentira) o la invención de una realidad que complemente en esos escritos, la verdadera y a veces inadecuada consistencia de los hechos. Así López  tiene una voluntad política, y el novelista  piensa en Literatura.
Esta vuelta de tuerca, aparte de presentarse como un ademán pícaro, está dirigida de forma evidente a funcionar como lectura, que crea  su propio verosímil, y las referencias siempre vuelven al círculo trazado por la poética La relatividad de lo verdadero o lo falso se rige  por una lógica de efectos que buscan la significación de determinadas consecuencias. La invención, en ese hiato que separa el hecho atestiguado de alguna manera, en Literatura narrativa se arriesga a sumergirse en sentidos que el  arbitrio determina, claro que no sólo  esto debe guiarse  por lo verosímil literario, sino que el propio material exige un trabajo que conmocione, que linde con la  verdad. Se trata de una escritura que al tratar temas históricos, debe ser integradora de elementos dispersos. Eloy  Martínez  considera esto con cierta ambivalencia y lo apócrifo es un  recurso elusivo. Algunas situaciones, incluso personajes., tienen como misión única  cerrar la estructura de la novela.
Además decir que se realiza  una reconstrucción de los hechos que el escritor modula para transmitir una  determinada concepción  de ellos. El relleno de los blancos  de manera inevitable lleva hasta allí. El espacio de la Literatura está colmado de presuponer cosas que se desconocen. Ahí se arriba al vínculo con lo político e ideológico, que en este caso, y sabemos que Eloy es parte integrante de lo que está  ocurriendo con Perón  en su final estadía en Madrid, y con su retorno. La misión periodística que motivó el acercamiento a ese exilio agónico del General, ha sido transformada en empresa literaria. Ante su vista en ese fugaz contacto, se encuentra con un personaje escurridizo y kischt.
Que en verdad se engaña a sí mismo, y está como fuera de todo territorio, y los afanes son los de un hombre viejo, cercano al estertor de la muerte y mostrando indiferencia e incomodidad en relación a su  inseguro regreso a la Argentina. Ni Perón, ni López Rega pertenecen a este mundo, uno por  desencarnación como el dice, el otro porque navega entre la  sordidez, el esoterismo y la especulación.
Descifrar a Perón, leer entrelíneas es lo que se le encomienda a Zamora ( ¿ Por que Eloy elige esta sustitución del nombre, edificando un socias y en otros momentos cita a la conducta de Eloy y sus merodeos en Puerta de Hierro, descubriendo el origen de la novela, que arrancó de la labor periodística? ¿Porque Zamora (el alter-ego de Eloy es en la novela un escritor fracasado? deprimido parece no valorar aquello que se pide,  desmitologizar. Eso es imposible tal vez con la vida de Peón cubierta y recubierta por leyendas blancas, grises, y negras. Parientes enmudecidos, circulan en  la novela familiar,  son aquellos que se ignoran entre sí. Viejas fotos, que ni siquiera pueden ser rescatadas plenamente porque la vejez atenta contra la memoria.
La no pertenencia, es, entre otras cosas, no verse en el cuerpo. En la enfermedad y en la no continencia  vive y se demuestra la igualación vergonzante. “Ha envejecido tan de golpe que ni siquiera  sabe que cosa es el pasado”  y esta constatación vuelve indiferentes a  los que se hallan próximos al fin. El pasado ya no puede responder, y Perón que fue de los demás, recién ahora se enfrenta con su destino postrero. Allí lo toma Eloy Martínez y encuentra una vida banal y cotidianeizada. La vejez es irónicamente un tránsito del humor y la Argentina “indisciplinada” en la que piensa Perón lo que logra es confundirlo.
Su historia no necesita de lustres falsos, pero la versión definitiva será la Historia que Perón está contando aunque sea falsa. Historias sin embargo remotas, en el Claustro donde reposa Evita, el General y el Secretario se dedican a escribir memorias que ya duda el viejo de que sean fieles. Registrar los recuerdos del General, algunas veces arrancárselos, es de algún modo reconstruir un pasado. López hace que vanamente Perón recuerde todo lo posible, lo sustenta, lo aísla, lo manipula, y Perón se deja hacer ante esa insistencia El entorno adquiere allí su significación, pero se trata de miradas oblicuas que exceden el testimonio.
Lo cierto es que el General (las calidades y las esencias castrenses están propositalmente remarcadas) ya que el que vuelve es un militar, regresa siendo una persona distinta de la que se  fue. Todo se presenta como una ficción, se configura una narración novelada que se atiene a hechos, que pueden derivar en construcciones  hipotéticas o no, que a veces arrancan de hechos “comprobables”, pero como en  la ficción operan  con su propia lógica y sentido.
Hay elementos entonces de no-ficción, el texto narrativo emerge esa zona ambigua, real,y de manera predominante se tiene una versión de esa realidad. Si lo apócrifo es algo, o fabuloso o supuesto, o fingido, lo ficcional puede operar en el lector, como diciendo la “verdad” de la historia misma. La complejidad de lo falso, y de lo verdadero no se reducen a la versión ideológica, y aunque las cartas están marcadas desde el principio, es posible leer en el relato como lo verosímil, no en el sentido de su función literaria, sino de la verdad posible.
Dice Saer, refiriéndose al carácter de la ficción “no es por lo tanto una  reivindicación  de lo  falso de un modo deliberado –fuentes  falsas, confusión de datos históricos con datos imaginarios, etc.  -lo  hacen no para confundir al lector, sino para señalar el carácter doble de la ficción, que mezcla de un modo inevitable, lo empírico y lo imaginario”. (“El concepto de ficción”)
Esta oscilación, y esta densidad, por lo menos se hace relativa cuando se trata de una escritura que no deja determinar, para la lectura, cual es el margen de la distorsión o lo inventado, y aunque la realidad objetiva es compleja los límites están dados, porque es imprescindible ver  al texto de esta novela de Eloy como una ficción filtrada por lo real, y no olvidemos que los personajes principales son históricos.
Basar la novela en la Biografía de Perón, y centrarla en su retorno al país, es medir el efecto, que el propio tema posibilita como recurso. La novela tiene secuencias que confluyen: La historia de Arcángelo, de los guerrilleros y de los represores que se dirigen al relato central, y deben ser leídas como operaciones interpretativas, que a veces se niegan a  si mismas. Mezcla de elementos congruentes, el registro es dócil a una lógica que está afuera del texto narrativo, los niveles políticos de inteligencia, se encuentran en la tensión de la narración histórica.
Está inevitablemente convocada la verdad, y  la autonomía posible es ambigua. Pone en juego  una sucesión de movimientos imaginarios, porque tal vez lo que interesa es el lado de lo real-maravilloso de la historia. En los ahora lejanos tiempos, la inexplicable renuncia del padre de  Perón, y su  huida  al sur, al desierto, lo conmociona y lo desubica al general, es como si la acción del  padre  fuera impensable para  él instalarse en otro territorio dificulta sus planes rutinarios, el padre quiere utópicamente fundar una ciudad para un hombre solo, y ese sueño desmesurado no puede ser otra cosa que la entrada en el abandono.
Pero Perón quería según Eloy Martínez, sobretodo mantener su centro de gravedad, y esta presencia de la rutina del General será un modo de considerar lo que Perón  realmente emprende.

La decrepitud física, la urgencia obsesionante de la vejez, la enfermedad y la senectud como final doloroso, ”esas tristes gotas” horadan ese tiempo podrido, del cual solo quedan algunos recuerdos, como una muestra, que ya no tienen otra posibilidad que enfrascar al general en una historia personal que termina por desconocer.
Allá arriba en el claustro, el cadáver de Evita suspira interminablemente, en ese lugar donde la memoria funciona más como un requerimiento de López Rega, que con sus elucubraciones y acertijos cuenta la auténtica historia o la que conviene decir.
La vida de Perón es una sucesión de episodios, que van más allá de su propio sentido. Lo importante es como se lea esa acumulación de acontecimientos, viejas fotos amarillentas, el padre no pudiendo volver nunca más, clausurando el pasado. Todo lo ve el general, como si fuera un testigo, ni siquiera privilegiado, en el  mismo instante en el que se da cuenta de que todo es una evocación. La influencia del Conde Von Schlieffen, y su concepción de la guerra, en la cual las contradicciones y los infinitos planes estratégicos, al ser todos válidos, y al anularse unos a otros, para volver a resurgir y construir una nueva teoría estratégica, que no importaba, en su continuo desplazamiento nada más que ser la instalación dc paradojas aparentes que  impactan en el pensamiento de Perón.
Esto constituye una forma de decir, que los dogmas eran invariables y que era preciso reformular continuamente la realidad, que no debe medirse con una sola vara, y de encontrar las fuentes para el verdadero apogtematismo de Perón, y de su posición pendular, encontrando así el posible origen de su natural oscilación política. La simplicidad de Perón se vierte en una verificación de lo ambiguo, de disponer las situaciones en un verdadero abanico de posibilidades Por eso cuando acceden al poder los políticos como Irigoyen, como Perón encuentran su destino demarcado.
La idea central de la Nación en armas “que  no es sino la subordinación de las industrias, servicios y energías del país, al objetivo de la defensa nacional” la vertebra Perón siguiendo a Schlieffen, lo que demuestra la ductilidad  del acertijo. La “gangrena anarquista” fue una proliferación que el militar debía combatir a toda costa, y la participación de Perón en el golpe del 30, lo vincula en una posición dictada por su condición de militar jovcn, más que de una cerrada  actitud inmodificable.
El baño de flores en la Avenida santa Fe a  los triunfantes cadetes del Liceo Militar y el mismo Uriburu y la forma de considerar estos hechos, y también la manera de  posicionar a Perón respecto de los civiles y la “abdicación” de Irigoyen constituyen formas de entender esos procesos.
 Pero esto se da en un ambivalente personaje que remarca su pertenencia a lo político algunas veces y otras a su carácter de militar, (recordemos que estas cuestiones se dan muchos años después, muy cerca de que los militares argentinos vivieran la aventura de la suma del poder, y luego el repudio más absoluto ).
Tomás Eloy Martínez entra a su vez  como personaje explícito cuando Perón le aclara que entró a ese golpe del 30 como uno más  y esto es como la  aparición  de un cable a tierra, que tiene un efecto “desrealizador”. Perón inventa consignas: la Patria socialista, la Patria  conservadora, en realidad dice que solo está  sumando frases. La Historia para el General es una puta, hay que gobernarla cogerla por el culo, es como si Perón en su ocaso se convirtiera en desacralizador de lo que se le escapa, o ya forma parte de4 un mundo lejano, venalmente anacrónico, o de un pasado sin memoria.  
Num Antenaza, es el guerrillero que confiesa a Zamora (que necesita ser “ficcionalizado” evidentemente como subrayándolo), que fue quien mató al repudiado General Aramburu. Zamora  y la mosca que se posa en el espejo del coche divide la verdad en miles de pedazos, por lo tanto ella es inaprensible. Las columnas montoneras avanzando por Ezeiza y Num mezclado con Ana/Diana la militante de izquierda, ahora en la epopeya del retorno del 20 de junio. El  periodista deambulando por allí, ve a amigos, conocidos y poetas, hundidos en la multitud. Hay escenarios que van cambiando: el humo del café Gijon, la historia decrépita de los primos de Perón enlazados en la historia, el nombre de Num excluido de los 12 apóstoles.
Zamora que no entiende la muerte, otros ni pueden pensar en esa circunstancia, según Num el grupo inicial necesitaba sobrevivir y  por lo tanto debía haber la muerte de un enemigo, en un  momento histórico en el que todo cambiaba de sentido. Porque en esta novela están presentes los momentos congelados, periodísticos (Ezeiza, el asesinato de Aramburu, el regreso de Perón, etc.) que arrastran de por sí  un imaginario argentino. El grupo de la infancia de Perón se pierde en el laberinto de los cuartos vacíos preparados  para la masacre, la historia de la primera mujer de Perón y su esterilidad, o las andanzas de la  madre del general.
Una secuencia que Eloy Martínez desarrolla en otra novela posterior, es también un instante congelado y crucial de la historia política argentina, Num le narra las peripecias del cadáver de Evita (( En “Santa Evita” ya Eloy  madura su método inventivo,, lo que parecía fábula histórica ya es un relato ficcional, investigación tergiversada,  narración de una conspiración residual, viaje por la locura donde las copas del cadáver, su dispersión, semejan un juego de espejos en el que la muñeca deambula por innumerables vericuetos,
Entonces el féretro itinerante es como una metáfora de las desventuras del país de noticias falsas, mentirosas y verdaderas,  historias míticas. ¿De quién esa luz, la fosforescencia que emana de  esa irradiación? ¿Quién posee ese misterio? Evita en las oficinas militares de quien la  esconde, detrás  de la pantalla de un cine, trasladada  varias veces, hasta terminar en un cementerio europeo en Milán con un nombre supuesto.
El inventario de conjeturas y de desgracias personales invaden el itinerario novelesco de esos personajes perseguidos y  desventurados, que se obsesionan hasta llegar a la degradación. Esa Evita “entre el arrabal y la cursilería” que se infiltra a pesar de todo por encima de los prejuicios, cobrando dimensiones que la hacen sumamente inaprensible.
Las velas y las flores que enigmáticamente aparecen y reaparecen como manifestación de un eventual “Comando de la Venganza” de los que sus captores se vengan llamándola  yegua, puta, pero que al fin  terminan sometidos al influjo de su mito. Los simulacros literarios de Copi, Perlongher, hasta Walsh, no hacen sino redoblar  un horizonte nacido casi de la insignificancia y de la nada, un camino que se consolidó imprevistamente y ya nadie pudo evitar o bifurcar.
Es como una búsqueda sin destino. El esconder los rastros de ese cuerpo.
¿Qué hacer con él? Quemarlo, diluirlo, preservarlo, enterrarlo, cuando parece que guarda una nueva vida, en la que ese pequeño cuerpo embalsamado encierra todo un potencial sagrado. “El arte del embalsamador se parece al del  biógrafo”, los dos tratan de inmovilizar la vida, dice Eloy Martínez, y el  novelista toma esos procedimientos como una búsqueda que le permite rondar y reproducir en procura de verdades móviles).
Perón en realidad piensa volver a pampas arrasadas, saqueadas exprimidas, sin saber siquiera a quien pertenece, y retornan los cuatro mil pedazos, de esa contingencia que lo excede con su irrealidad. Esto que es conjetural, se torna una lectura literaria, que es en verdad traer el pasado “biográfico” del general, es colocarlo en una estirpe de construcciones familiares.
Entrar a pensar sobre un cuerpo que corrompe es el auténtico tema narrativo. Perón en los momentos previos a su retorno, cuando se hacen las valijas para un imprevisto viaje, repasa su vida y constata que todas las cosas, inexorablemente  han pasado, sobretodo cuando uno pone el pie en el umbral de su vida. López quiere hacer migrar el espíritu de Evita al cuerpo de Isabel, para cumplir sus mandatos de dominación, desea convertirse en el amo absoluto, poco a poco va urdiendo su manejo capturando a la  señora y al general, el resentimiento que Eloy Martínez descubre en él, simplifica el atroz personaje. Son rituales para lograr la total transmigración que lo permita todo.
Eloy lo entrevista a Perón, transcribe sus frases, y repentinamente el general desmiente el encuentro maniobra, lo utiliza, lo toma como altoparlante en las posibles vísperas de un llamado a elecciones ( el famoso desensillar hasta que aclare ) y el escritor tucumano se ve obligado a re4producir sus cintas .De lo ocurrido Eloy hace una lectura periodística política. Perón que siempre decía  que  el “escribía” sus propios cuentos, está planteando que el incidente no fue verdadero, que la verdad esta en lo objetivo, pero que también hay que ficcionalizar la práctica, con un gesto previsible que le exige su condición de exiliado, que no puede hacer declaraciones políticas en España. La verdad trastrabilla, sobretodo si queremos  hacer movimientos políticos, que siempre tienen un plus de incongruencia.
En un  momento, que es mínimo en la historia, Perón se vuelve el que se encuentra en la infancia, y su voz ronca diciendo “Compañeros! “ nos arrastra a un pasado que de ninguna manera es real, y que ni la cita literaria  hace real. El nombre Tomás une ilusoriamente lo que no puede juntarse, es el nombre del padre de Perón, y es seguro que al general le trae recuerdos de los desiertos de la Patagonia y de su lejanía, del hombre que quiso construir una ciudad de la nada
¿Es  acaso  Perón una figura vacía, donde  los sentimientos son de los  otros que lo colman, desde hace mucho según Eloy los representa está como suspendido. Zamora queda varado en la autopista que va a Ezeiza, y allí oye la noticia del desvío del avión, que aterrizará en una base alternativa ante los graves hechos que suceden  en el lugar de la concentración. Los recuerdos y el presente se entremezclan invariablemente, la época del viaje a  Europa en la segunda guerra mundial, su retorno que es  una manera de completar una imagen que no se desdice y alude a lo que ya está sepultado.
La historia y los abrazos amorosos de los militantes guerrilleros juveniles, viene a  poner el foco en los que son los otros protagonistas de la Operación Retorno. Ellos son pintados con atributos cortazarianos  casi  paródicamente. El zezeozo  Coronel  Osinde es el encargado de la aniquilación, en vuelo de águila observa la multitud, cumple su objetivo exterminador y  siniestramente represivo.
Perón cuando se despide de Madrid acumula rencores y envidias, que no podrá cerrar el impulso de su entrada en la gran política, ya que la memoria es perezosa como su decadencia física y los recuerdos inmediatos y distantes. Pero el pasado vuelve, de eso se trata  la novela, los hombres de seguridad pueblan el Aeropuerto con sus barrigas y sus armas, después ocuparán el terreno.
Una Comitiva “protocolar” aguarda al General, los 7 viejos son cloacas de su pasado , meros fantasmas de la vejez  ignominiosa. Un gentío sin comandantes  acosa al palco  con su pedido. e insiste con sus preguntas. La tragedia se desata y los hombres resisten, torturas, bravuconadas grotescas y muertes grotescas sobrevuelan y contaminan el aire de Ezeiza.
Años después Eloy Martínez publicó “Las vidas del General” donde reúne textos de diversa naturaleza  cuyo centro es el trabajo periodístico para la revista Panorama, una memoria que Perón le dictó  1970, y que luego consideró canónicas.
En verdad eran Desmemorias de alguien ya deteriorado, que luego  se iba a transformar en un personaje clave de  la  coyuntura. Eloy Martínez las publica “con la esperanza –quizás  inútil– de  que esas páginas dialoguen con todas las ficciones que escribí sobre el  peronismo, y de algún modo las clausuren”. Documentos y testimonios, referencias a pueblos donde habitó  Perón en la infancia, recuerdos de amigos sobrevivientes, entrevistas, recortes, actas, registros, momentos  significativos la actuación de Perón en “La Forestal” anécdotas y perfiles, versiones “fidedignas” En realidad , aquí está la base material para sus posteriores ficciones, publicados en el ojo de la tormenta.
En el Capítulo “Perón y sus novelas. Eloy se pregunta como disponiendo todos los datos pasa  escribir una biografía del General terminó realizando una novela de ficción. Amalgamar en una voz, periodismo y literatura fue lo que se le impuso como tarea, y lo fue definiendo cono escritor. Cuando se dio cuenta que la Historia de ese período era inverosímil, comenzó a ensayar su invención, tenía suficiente material  fantástico para convertir “el presente en una  fábula”. Ya que en las “memorias” Perón quería construirse, forjar su propio monumento, se dedicó a inventar su vida. A instalar su “versión narrativa” (ideológica)  que se separaría de otras versiones periodísticas e históricas que colisionan entre sí. Eloy escribió varios borradores: el primero periodístico, luego intentó la Biografía y también fracasó, al  fin configuró una ficción.
Pero esas “verdades en movimiento”, que respiran en  la novela colocan un problema. ¿En qué lugar está la verdad? hay una verdad de la Literatura aunque la ficción se relacione con lo verosímil literario, el periodismo maneja un criterio de verdad que se complejiza con la información, su posible manipulación, y la naturaleza de la comunicación en sí. Y la Historia linda a veces  con la locura, la pesadilla y la Verdad, pero sigue siendo Historia.
Las  lecturas y versiones narrativas se entrelazan en un juego donde es difícil dividir las aguas, encontrar el hilo invisible que las reúne en sus diferentes visiones. En realidad son formas en las que se tergiversa un pasado.

domingo, 9 de diciembre de 2012

CRISIS Y LITERATURA


por Jorge Quiroga


La idea de Crisis sirvió para pensar el sentido de nuestra literatura. En sus diversas variantes fue entendida como ruptura, corte, situación de peligro y, a la vez, como posible advenimiento de nuevas significaciones, de formas que debían ser pensadas en lo múltiple, en una especie de nudo, donde se reunirían ciertas contradicciones y asechanzas, aquellas que ayudarían a darle especial sentido a tal o cual situación.

En principio se puede afirmar que la crisis del 60-70 fue de carácter general, sobre todo socioeconómico. Esa temática fue central y constituyó una particular clave, abarcativa y sinuosa, con la que los hombres de esas décadas intentaron explicar el momento que se vivía. La tarea y el debate en torno a aquellos años no están sino en proceso y sólo disponemos de versiones. La historia de ese período nos llega de una manera mítica y las verdades que allí se expresan suenan como dichas por voces apagadas, que no permiten reconstruir el relato de lo ocurrido. Parece que necesitáramos realizar un esfuerzo colectivo de elaboración, el que paradojalmente nunca llega a cumplirse del todo, como si hiciera falta referirse constantemente a ese fragmento de tiempo, pero sin llegar a una comprensión definitiva.

Quizás esto sea así porque no puede pensarse esa época sino como 'algo ya historizado, cuya significación es un problema difícil de relacionar respecto a las circunstancias actuales. Es preciso ubicar los hechos en su contexto, el que se da en una atmósfera política cercana en la Historia y lejana en la vida de cada uno, sobre todo si se fue contemporáneo de los acontecimientos críticos que se sucedieron y que es difícil no ver con perplejidad. El tiempo recubrió esos hechos, de tal manera que es preciso pensarlos, como si estuvieran constituidos por imágenes perdidas o imposibles.

La continua apelación a las crisis es un rasgo que persiste en nuestros días, a veces encubriendo sólo justificaciones. Lo que ocurre, es que en verdad esta idea ha servido como criterio de explicación acerca de lo moderno. Permite ubicar tanto a las rupturas como a las que no lo son y quizás es difícil alejarse, por lo extensivo de su alcance, de la fascinación y el empuje que contiene.

A veces su utilización fue meramente provisoria, política se podría decir, y tanto ambigua como amplia. En ese sentido fue repetidamente usada para tratar de entender demasiadas cosas. Pero lo que se puede argumentar en su defensa es que, aplicada con rigor obliga a pensar en una determinada dirección y con intensa profundidad. Por eso, cuando la crisis pone en consideración la problemática de ciertas señales socio-políticas emergentes lleva implícito el análisis de modalidades, en las que se configuran preguntas y respuestas sociales, que fueron tal vez incubadas en el proceso anterior, pero que toman expresiones concretas en el marco social.

Hay evidentemente en una situación de crisis caminos que convergen y entrecruzamientos. Lo que ocurre es que cuando se da una determinada presencia de la crisis las ideas suelen ponerse entre paréntesis y una primera aproximación es tratar de ponderar si se trata de una crisis nueva o es el inicio de una crisis estructural de largo alcance. Además, para el caso de nuestro país, la recurrencia, el carácter cíclico de las crisis, se constituye en un elemento importante que no es posible soslayar.

En las décadas de 1960-1970 la crisis era percibida como muy grave y con características terminales, esto fue visto así, sobre todo, por los que cuestionaban gobiernos que se sucedían y que estaban basados en variantes de dictaduras militares o regímenes civiles de escasa representatividad, que accedían al gobierno mediante la proscripción de la mayoría del pueblo. No se discutía el hecho de que la crisis podría ser coyuntural o transitoria, se la veía como profunda e inevitable en sus alcances. Es cierto que la capacidad de explicación de la idea de crisis estaba menguada debido al uso abusivo de su aplicación, tornándose así un comodín que quería caracterizar tanto, y de forma tan general, que terminaba diluyendo a veces lo que quería explicar.

El conflicto social estaba a la orden del día y sus efectos eran contundentes y obligaba a cualquiera que quisiera actuar a tener que pensarlo en un esquema que lo contuviera. El concepto de crisis estaba disponible para tratar de entender lo que estaba ocurriendo desde el punto de vista socio-político. En la actualidad es evidente que su utilización fue desmedida, pero no se la comprendió así en ese momento, y la respuesta que dio el orden establecido a la situación, indica que desde allí se la percibía como muy peligrosa. Lo cierto es que en uno y en otro campo, la crisis anunciaba fenómenos muy difíciles. Conflicto y crisis se identificaban.

Se puede decir que ella fue vista como motivada por las circunstancias socio-políticas del país, producto de condiciones que se particularizaban en riesgos bien específicos, pero además había una realidad internacional confluyente y en Latinoamérica se vivían acontecimientos similares.

Insistentemente se ha teorizado sobre el carácter cíclico de las crisis económicas del sistema capitalista, los análisis llevan al desafío de pensar su derrumbe. Durante el 60/70 esto tenía repercusiones políticas cuyos efectos parecían recubrir todos los espacios.

Muchas cosas insinuaban que los sectores dominantes habían perdido el rumbo, por eso los grupos más politizados interpretaban como posible un cambio de régimen. Era como si todo hubiera tocado fondo. Emergían grupos activos que cuestionaban el orden político.

Una forma de analizar estos fenómenos es pensar que los acontecimientos tenían que ver con una lucha interna en el seno de la élite, pero la participación de amplios sectores sociales, desmiente esta hipótesis o la relativiza. De cualquier modo, podía preverse el fin trágico de los acontecimientos que se precipitaron. Todo se obviaba en nombre de una irrupción alternativa de cambio social.

La participación derrumbaba esquemas y requería de nuevas respuestas. Había equívocos que no eran enteramente asumidos y verdades que se planteaban como indiscutibles –lo que hizo que algunos hechos fueran leídos con simplicidad. No se trataba de actos de voluntad en el vacío, había un contexto que los explicaba. Se reivindicaba el haberse decido a intervenir y que la conciencia buscara modificar la realidad.

Se vivía un momento de punto cero, era el posible advenimiento de nuevos valores y el principio de un nuevo espectro político. Hubo entonces una especie de delegación, que tuvo una enorme importancia en el desarrollo de lo que se fue sucediendo. Gracias a esto los grupos juveniles politizados se integraron a un compromiso activo, que poco a poco se fue convirtiendo en algo riesgoso. Las figuras del militante, el héroe y el aventurero iban juntos en el imaginario de la época, la del revolucionario era la imagen más contundente, pero todas se explican en referencia a la coyuntura.

Los conflictos se acumulaban y su presencia demandaba la aparición de sujetos que pudieran intervenir en los procesos que la crisis hacía emerger. El peligro construía historias cotidianas. Hubo un momento en el que fue clara la aceleración de los tiempos históricos. El fenómeno era contagioso y avasallador, lo que se vivía no permitía demasiada reflexión. No había muchas alternativas y todo pasaba por la ruptura y el desenlace impensable. Aunque las cuestiones que se planteaban fueran de vida o muerte, no se lo percibía de ese modo. Las contradicciones fueron aumentando hasta llegar al punto nodal de 1973. La opción era Dictadura o Liberación. Había que obtener nuevos espacios políticos. Las sorpresas que alimentaban los hechos históricos emergentes eran señales que daban indicios de la crisis. Esta última obedecía no sólo a circunstancias coyunturales, sino también a cierta mirada que cargaba de sentido los hechos de la cotidianeidad reclamando nuevos sujetos que pudieran responder a las encrucijadas.

El peronismo de esos años, signa la etapa del país que comprende los 60/70, tanto en el tiempo que está proscripto como cuando efímeramente vuelve a gobernar (73 al 76), momento en el que se intensifican sus contradicciones internas, llevando así a la agudización de los conflictos latentes en la sociedad. Este "hecho maldito" de la política argentina, como lo era entonces, demostraba con su presencia la fuerza del potencial transformador posible, que algunos vislumbraban. Se daban para ello ciertos ingredientes que no pasaban desapercibidos, sobre todo para aquellos que defendían un orden, y un modo sui generis de resolver los entredichos sociales. Existía una situación social de persecuciones irritantes que denunciaba el hecho de que no había ningún campo común donde procesar diferencias. Las clases que dominaban en la sociedad argentina, no habían encontrado la manera de que ese movimiento policlasista, como se definía a sí mismo, tuviera su lugar nítidamente establecido en la cadena y en el ámbito de la política.

Muchos jóvenes comenzaron a activar en su seno. Pensaban que hacerla les daba infinitas posibilidades, o por lo menos era una oportunidad muy concreta de llevar adelante acciones y planteas que les permitieran operar en la estructura política del poder real, específico, y que la acción militante tenía como meta ese espectro de propuestas que los grupos más entusiastas veían como la aparición de un conjunto de factores, que casi se pensaban como ideas guía y que derivaban del propio peso de los acontecimientos sociales y de la interpretación de lo histórico. Esos relatos sociales se difundieron muy rápidamente por los sitios donde circulaba la joven generación y nivelaron perspectivas e historias disímiles en un único esfuerzo transformador. Claro que no todo el mundo pensaba así, y las controversias enseguida se hicieron presentes.

Como dijimos, lo primero que habría que hacer es tratar de decir algo sobre la crisis social. Ella recorre significativamente las páginas de los ensayistas político-sociales formando un enmarque constante y repetido, compuesto de convicciones insoslayables, con las cuales habría que pensar la problemática de la época. La crisis era también de índole cultural, en el sentido de que pone en cuestión los valores tradicionales formadores del país. El proyecto liberal fue severamente negado al fundar sus cimientos sepultando otra Argentina más real. La crisis se expresaba sobre todo en una dificultad económica muy acuciante. Se notaba en la vida de inmensas capas populares que por medio de la huelga, de los planes de lucha y de la acción reivindicatoria, anunciaban el hecho de que era cosa de la naturaleza misma de los protagonistas de la lucha social.

Pero decir que la crisis era fundamentalmente cultural, significa decir que la crítica se basaba en el planteo de levantar una cultura de diferente signo. Ella estaba instalada en representaciones muy hondas, se la hacía depender de vínculos históricos originales. No era entonces solamente que hubiera dos culturas en pugna, sino que había implícitamente involucradas, al plantear esta cuestión, dos concepciones del país. Como si esas dos líneas colisionaran en todos los espacios de acción y además se manifestaran en la órbita de la cultura. La confrontación consistía en esta manera de develar la crisis.

La "modernización veloz y discontinua del país", acumulación acelerada de "los fermentos de movimientos económicos y políticos" (expansión de la clase media y de la clase obrera, revolución industrial, derrumbe de los viejos valores)", provoca la aparición de un cuadro problemático. "El resultado es una plétora de crisis, de distribución, de legitimidad, de participación y hasta crisis institucionales"1 se resume en un cuestionamiento de la globalidad del dominio, de carácter político. La violencia es una resultante de la crisis, que agobia sin encontrar ni buscar una salida posible y porque esta situación es vivida existencialmente, no puede ser pensada en términos de crisis de poder interno, sino de confrontación conflictiva de dos proyectos claramente definidos y antagónicos. Es decir que la crisis era de carácter estructural motivada por los sentimientos provocados por la historia político-social del país, que en esas décadas condensaba años de desencuentro.

Para el caso argentino, la crisis no era meramente efímera. Abarca, por lo menos, casi todo el siglo XX y se concentra en los años 60/70, entre otras cosas, porque los valores puestos en cuestión, sobre todo los relacionados con la obediencia social, estaban seriamente en duda.

Para el período que nos interesa puede sugerirse, resumiendo, que la intelectualidad crítica entra en proceso de puesta en disponibilidad ideológica como consecuencia de la ruptura de sus "lealtades" anteriores. A la crisis de su identidad se sigue una "puesta en disponibilidad", dice Silvia Sigal 2 y creemos nosotros que esa encrucijada se resuelve en una elección determinada, producto de la lógica del antiperonismo, pasando por una crisis de identidad a posteriori de la dirección que le impone la crisis estructural del país, de la que ella forma parte.

Son las llamadas condiciones de la época, las que están determinando las opciones de esa "disponibilidad", que incluye a enormes contingentes de sectores juveniles de la clase obrera y media, que conformaron la base de sustentación de la acción de masas, y por lo tanto excede a los intelectuales típicos, para configurar la imagen del militante político, tan característico del 60/70.

La crisis socio-política es percibida como un momento crucial, un verdadero divisor de aguas; tiene profundas influencias en la conciencia política de esos vastos nucleamientos que se ven arrastrados a formular interrogaciones que los recoloquen, interpretando así originalmente hechos que explican las claves de la sociedad argentina contemporánea.

Sigue Silvia Sigal: "Sería abusivo inferir de la crisis ideológica abierta por el fin del gobierno peronista que la movilización política de los intelectuales y la aparente pérdida de autonomía cultural, años más tarde eran ineluctables (Se refiere a la crisis ideológica de los intelectuales después del 55, aunque habría que decir que en verdad se opera mas bien una especie de mutación de ideas). A las luchas estudiantiles del fin de la década, deberán sumarse los efectos de la Revolución Cubana, las transformaciones del campo intelectual, el desenvolvimiento de la crisis política argentina, el Cordobazo, y el aumento vertiginoso de la masa universitaria. Si es cierto que al principio de los sesenta, ese escenario estaba instalado, su evolución era solamente una posibilidad". Por lo tanto el conjunto de influencias que reciben estos jóvenes tienen que ver con motivaciones que tienen su origen en la forma en la que se procesaban los conflictos histórico-sociales en un contexto de quiebra del sistema económico-político que provocaba enormes turbulencias, al principio latentes y luego muy visibles.

Recordemos que la ''traición Frondizi" (firma de los contratos petroleros, el artículo veintiocho, el proyecto de ley sobre Enseñanza Libre, etc.) es el marco socio-político inmediato del post-peronismo (inaugurado por la autoproclamada revolución libertadora, con su secuela de represión e inicio de la crisis económica y de la reaparición de los liberales ortodoxos en los ministerios claves). Frondizi que había despertado ilusiones en sectores intelectuales de izquierda, y que accedió al poder gracias a un pacto con Perón, que le propició los votos (aunque millones continuaron siendo votos en blanco, señalando así la intransigencia de extensos sectores populares) defraudó a todo el mundo.

Se comenzó a hablar de "generación traicionada", la inmoralidad política era ostensible, el maquiavelismo del presidente un hecho muy claro, y el gobierno se vio envuelto en concesiones a los grupos militares que le efectuaron reiterados planteos. Lo principal para advertir es que comenzaron intensas luchas sociales reivindicatorias en los grupos obreros: de los petroleros, de los obreros de la carne del Lisandro de la Torre, los ferroviarios, etc., vividos por el gobierno como manifestaciones de huelgas revolucionarias, que por lo tanto eran reprimidos violentamente, iniciando una espiral de serias consecuencias.

Hace su aparición una generación que comienza a descreer de las intenciones de los "dueños del poder" y que experimenta, allí donde desarrolla su actividad: la fábrica, la escuela, la facultad; una vivencia política acuciante. Una ruptura generacional se está gestando y los acontecimientos se precipitan en un clima social enrarecido, sobre todo en el peronismo de aquellos años.

Se convive con los fenómenos antiimperialistas de la Revolución Cubana, y el rechazo a la invasión a Santo Domingo y esto está marcando su diferencia con el nacionalismo histórico peronista tradicional, por su carga de cuestionamiento total de la estructura de poder vigente. Cada vez es más evidente que Frondizi está sometido y se va convirtiendo en el brazo ejecutor de una política dictada por fuerzas conservadoras a las que se rinde dócilmente. Esa política no puede resolverse más que en mayor represión y medidas antipopulares "racionalizado ras". Se repite diariamente el uso de la fuerza, que demuestra sus alcances de manera explícita: "movilización" de los ferroviarios, violencia con los estudiantes secundarios y universitarios por el tema laica y libre, Plan Conintes.

En ese clima va apareciendo una literatura muy politizada. Cuando surge está muy cerca de la acción, que no la excede, pero sí que es un elemento constante; es preciso discutir cuál es el margen que se da, en un momento determinado, para evitar simplemente leerla como homología de lo real. Palabra sobre palabra, experiencia sobre experiencia, el afán de la literatura parecía consistir en la elaboración de imágenes y en la construcción de visiones que queden en la memoria.

Cuando el empeño de una fracción generacional es la ruptura (aquí estamos juntando dos órdenes: el social y el literario) o el cuestionamiento de toda forma que no sea una nueva manera de ver los fenómenos, se entra a un espacio de formulación de propuestas que es necesario repensar. El momento que inaugura el 60/70 es de una crítica intensa, incompleta. Y aunque atravesamos por circunstancias diferentes es necesario, aunque sea fragmentariamente, intentar acercarse a la Literatura y a los planteas estéticos de ese tiempo y a su clima irreverente. Mediante la estructuración, en algunos casos, de un lenguaje que niega sus propios fundamentos esa época dice sus imágenes, y quizás pueda ayudarnos a develar algunos enigmas actuales. Esto quiere decir que pensar acerca de la Literatura que se escribió en esos años, es de alguna forma ocuparnos de un trayecto que nos concierne, y nos invita a reflexionar en situaciones que nos interpelan íntimamente, aunque las imágenes que obtengamos sean provisorias.

Las preguntas que se hacía César Fernández Moreno: ¿Libertad o compromiso? ¿Acción o contemplación? ¿Observar o modificar? ¿Intelectuales o "idiotas" en el sentido griego de la palabra? ¿Cantores o hablantes en el sentido de Stevenson? ¿Poetizar o Politizar? Preguntas que se extendían ampliamente sumando cuestiones centrales a los problemas de la época. Si como decía también Fernández Moreno 1; (opción que consistía en el ejercicio de la Poesía como conocimiento de la realidad característica de la política) el propio juego de la situación así lo dictaba.

Las pasiones que marcaron los 60/70 en verdad habría que interpretarlas como cuestionamientos culturales que confluyeron entre sí para conformar propuestas, que en el caso de la Literatura, se conectaban con antecedentes y precursores que eran nuevamente leídos. La escritura que surgió en esos años, sobre todo cerca del 60, se pensó en algún momento sin maestros, pero se puede rastrear en cada obra individual o en la actividad de los grupos la huella que dejaron los predecesores, la mayoría escritores de la Literatura argentina, que eran atrayentes para ser rescritos. La totalidad de lo real, como emergencia que había que enfrentar e imperativamente pedía la resolución de sus contradicciones, constituía un motivo recurrente que politizaba la vida cotidiana. Pero además, la concepción de la Literatura misma estaba cuestionada como legado de las vanguardias estéticas históricas, muy cerca la postura de mediados de siglo que coincidía en la reivindicación y el rescate de escritores claves de la Literatura Argentina: Arlt, Macedonia, Olivari, Tuñón, etc.

Más cerca de los 70, la crisis seguía teniendo efectos políticos y otros que involucraban ideas sobre el arte y la literatura, y que fueron muy importantes para la concepción del lenguaje que era visto como fuente de problematización. En un libro de la época, refiriéndose a lo que ocurría en la cultura, en términos amplios se decía: "A lo largo de toda esta década he tenido la impresión de que estábamos en el corazón y acaso en el momento crucial de una crisis que nos reunía y al propio tiempo dividía en torno a una cuestión única. En el campo particular de la reflexión literaria, no se trata de otra cosa que de la crisis que conoce la cultura contemporánea: reposición en su lugar del concepto que el hombre moderno se hace de sí mismo, bajo la influencia de las ciencias humanas" 3.

Tal como lo plantea la cita, todo era pensado sobre el horizonte crítico de la cultura. Esto se daba también entre nosotros y cuando se consideraba lo literario se hablaba del lenguaje como problema, comenzando a configurarse un tema: La literatura era una cuestión de lenguaje. Había varias respuestas posibles, acerca de quien se escuchaba detrás de esa voz que hablaba allí, encontrar sus claves eran tareas de la crítica, que de esa forma tenía que tener una mirada que debía enhebrar los enigmas. Es decir identificar aquello que insistía, para que el proceso se reanudara indefinidamente porque en última instancia estábamos hablando de cuestiones de lenguaje.

Como ese "descubrimiento" era experimentado en el centro de una crisis (que correspondía a una versión en la cual el lenguaje era visto como un espacio indispensable donde las voces tuvieran su lugar) el análisis formaba parte principal de los recursos. Por lo tanto la literatura, en su ejercicio, llamaba a intervenir, asumiendo sus contradicciones. Se abría un campo con multiplicidad de sentidos.

El lenguaje aparece como un elemento que va ocupando la escena. Por lo que si bien puede hablarse de dos tiempos: el primero abordando una creciente politización y el segundo enfatizando la problemática del lenguaje, vistos en perspectiva terminan siendo una unidad. Por otro lado en las obras más significativas, narrativas o poéticas se superponen los dos tiempos, lo que hace que cobren una insistencia referencial, combinados en una búsqueda estética, en el intento de construir una poética posible.

Es que se trataba de inéditas manifestaciones políticas y culturales que cuestionaban los poderes tradicionales, las formas dominantes de ejercer el dominio y que procuraban el reemplazo de los valores vigentes. Era fácil caer, sobretodo al principio, en una mera politización justificatoria, sin embargo esto no quiere decir que tal circunstancia por si sola invalide la obra. Por otro lado hay producciones literarias del período muy interesantes, que no tienen ningún vínculo directo con lo político, aunque en algunas muy importantes existen modos de tratar temas que obtienen formas expresivas acordes con lo que se narra y que son de tema político (Walsh, Gelman, etc.)

Estos textos requieren para ser verdaderamente criticados ubicarlos en un sistema literario que les otorgue la cualidad de ser componentes de un discurso articulado, que de hecho es una lectura política organizacional de nuestras letras. Literatura, crisis y realidad política tienen que interactuar para permitir la reflexión. Corresponde decir, en todos los casos, politización, transgresión, experiencia y lenguaje. Estamos hablando de textos excluidos, que con dificultad son incorporados a la secuencia literaria porque de variadas formas se termina por ocultarlos en su real significación.

Todo ocurre como si la memoria que se tiene de estos textos tuviera que ser escondida, o cifrada para se hagan legibles. Sin embargo, a pesar de que algunos son desconocidos o "sepultados", esos textos están allí, como si se tratara de versiones para ser pensadas (no son oportunas para leer ni fácilmente asimilables). Forman parte de un espacio donde hay inseguridades y aciertos.

El conjunto de nuestra literatura consiste en una respuesta ante la crisis constante del país, lo que ocurre en los 60/70 es que se produce una quiebra que hace que las contradicciones de esa crisis emerjan con crudeza. Hay como una perplejidad social, que no permite que se trate y analice adecuadamente el período; lo que llega de él hasta nosotros es una mistificación que intenta que la apreciación exacta de esos textos excluidos desaparezca de nuestro horizonte.

Este ocultamiento sin embargo no consigue transformarse en integración, porque la contundencia de los temas de la literatura de los 60/ 70 hace que eso no sea posible. Están todos estos textos fuera de control, politizados, crípticos o transparentes, relatan de alguna forma algo así como una contrahistoria. Son tan historizados que sólo tienen sentido en esa exageración que los caracteriza y que a veces suena ingenua y muy extrema. Pero es indudable que si queremos comprender nuestra circunstancia actual, es preciso leerlos en una lectura narrativa, que busque explicarlos, para que nos sirvan como elementos del debate.

Para formular hipótesis acerca del valor y el aporte de los 60/70, hay que señalar con claridad desde qué perspectiva se están planteando los juicios, porque siempre se parte de lecturas interesadas, y la cercanía en el tiempo únicamente aumenta el riesgo de tergiversación. Repetir supuestos como si fueran verdades, no es más que decir de manera diferente criterios ya establecidos y que tienen su historia. Se precisa además realizar un ejercicio "literario" que no es espontáneo, más bien se deja ver como el resultado de un esfuerzo interpretativo que significa riesgo. A veces surge bajo la forma de ensayo y otras de ficción, aunque los géneros deban ser diluidos para tratar esa época.

Ese tipo de literatura hacía depender el estilo o de formas cerradas –difíciles de comunicar– o de referencias directas. El vínculo con lo estético estaba en el seno de las preocupaciones. Había que recubrir con palabras todas esas características que buscaban expresarse en nuevos sentidos. No implicaba esto, como algunas obras lo muestran claramente, que se evitaran ciertos modos de mirarse en lo político, sino que los cruces y las búsquedas mixtas (lenguaje/política) eran posibles y deseables, o por lo menos inevitables.

La crisis era de índole cultural, en el sentido que se ponían en entredicho los valores que habían construido al país. El proyecto liberal se cuestionaba porque su base era haber escondido otra Argentina subterránea y auténtica. La crisis se expresaba, como dijimos, en una dificultad económica muy acuciante, esto tenía reflejos en la vida cotidiana, que anunciaba el carácter de la crisis que era de la naturaleza de los protagonistas de la lucha social. La emergencia de nuevas significaciones se concebía en relación a determinados legados, se la hacía depender de vínculos históricos originales. Había que retomar líneas, poniendo en práctica tradiciones que se habían sojuzgado.

Había íntimas convicciones, en el sentido de que la historia estaba del lado de las alternativas de cambio y por lo tanto se trataba de dar empuje a esos elementos que estaban en lo real. El hecho de que se estaba incubando una guerra civil era apuntado como una certeza que tenía hitos determinados en el pasado histórico. La atmósfera social anunciaba transformaciones, aunque la recomposición del capitalismo fue el verdadero desenlace que no estaba previsto.

En la época se creía que se estaban gestando cambios profundos en el modo de vivir de la gente, y esto se dio en las costumbres, pero las propuestas de cambio político resultaron efímeras, esto coincidió con un momento de reacción dictatorial y la consiguiente respuesta popular. El contraste entre ambas situaciones y la aparente decadencia del autoritarismo, muestra que nos encontrábamos en los límites de una transición histórica que, como sabemos, tuvo un determinado final, pero podía haber tenido otro distinto. La ingenuidad se pagó cara.

Dos líneas pujaban en todos los espacios, esa era una de las maneras como se develaba la crisis, y en esa coexistencia de elementos opuestos, en verdad se enfrentaban dos concepciones diferenciadas, la lucha se desarrollaba en el terreno de la cultura. Por otra parte la elite liberal había configurado su propia lista de manifestaciones culturales de todo orden, inclusive utilizando alguna literatura "representativa", en una maniobra de adulteración. La cuestión cultural era la base para comenzar la discusión acerca de la pertenencia de cada cosa en juego, para ello se leían las alternativas que se presentaban, siempre bipolares en su esencia.

Esa bifurcación, se había ido construyendo mediante obras y acciones sedimentadas a lo largo del tiempo. Del lado de lo representativo se iba desde luchas históricas, pasando por los gobiernos populares, el Martín Fierro, el sainete, el tango, etc. Se enfrentaban dos concepciones de entender a la cultura, y se explica esta situación por el punto del cual se partía: una modernidad diferida, que se condensaba en ese tiempo inaugural y acelerado. Que los fundamentos acerca de lo "popular" fueran provisionales está indicando que se argumentaba sobre ello, a veces con decisiones muy apresuradas y que hubo que tomar sobre la marcha.

No puede decirse entonces que la aparición de esa crisis, haya sido nada más que el surgir de un breve período anárquico, rápidamente extinguido, porque él enraíza en una tradición de ruptura que cristaliza en esos años pero que no tiene explicación en sí mismo y, por el contrario, es producto de una multiplicidad de causas (internas y externas) que son las que están en la base de su surgimiento. La crisis es expresión de profundos desequilibrios y carencias de índole económica, que sufren los sectores populares, combinándose con proscripciones políticas que hacen más evidente el sentido de la dominación, lo que produce un clima constante de inestabilidad sobre todo política.

Una generación, que comprende un gran arco de experiencias y que el marco histórico condiciona, da sus "primeros pasos", en una lucha frontal contra regímenes dictatoriales (que eran constantes en la época) interrumpidos esporádicamente por "democracias" no representativas. La lectura de la crisis era para unos la justificación de la revolución, para otros un camino para nacionalizarse, en el sentido de transformar intentando un cambio de la realidad.

La "politización de la cultura" y de la literatura era inevitable, y esto impregnó la vida cotidiana de mucha gente: los militantes y todo su entorno y contexto. No corresponde, o por lo menos es muy parcial, tratar de entender todo ese trayecto pensando solamente en los intelectuales, hay que hacerla con una visión más amplia. Era una instancia generacional, que se caracterizaba por tener una visión particular de los hechos políticos  que fueron leídos a partir de algunas certezas, que iban luego a ser criterios que marcarían a los jóvenes que se acercaban a la política con una actitud contestataria. Los rasgos salientes eran: una voluntad de justicia intransigente, una confianza irreductible en el camino revolucionario, la sensación de rebeldía y de poder que emanaba de las propias convicciones, la ingenuidad de creer que el enemigo estaba en retirada, cierto esquematismo en las interpretaciones, simplificación en el análisis de la situación.

Se trataba de un fenómeno social, que pudo elitizarse en algunos aspectos, pero que por definición era masivo y comprendió a diversos sectores aunque tuvo manifestaciones más ostensibles en un cierto tipo de condiciones representadas en un fragmento numeroso de la clase media. Por eso arrastró a propios y ajenos, definió conductas, y en el lapso de tiempo en el que ser militante constituía un valor destacable, estuvo ligado con el heroísmo, la valentía, ciertas tragedias personales, y la irresponsabilidad de tener una actitud idealista. El fenómeno estuvo signado por la ruptura, la negación y la aventura, como si así se abriese el espacio para que el arrojo fuera un elemento de la vida cotidiana. Se pensaba en las recompensas, pero ellas tenían que ver con un conjunto, una clase y no con un beneficio particular (lo que en parte era impensable como opción) que formaba parte de la política burguesa.

Es claro que todo esto se mezclaba con la picaresca, lo que era razonable tratándose de situaciones reales y por lo tanto inconfundiblemente idiosincráticas y políticas, y aunque al final ese ingrediente cobró más importancia que lo debido, el problema de lo contestatario se instalaba en un país con una historia que determinaba y configuraba una apuesta o posibilidad, que podía terminar en el triunfo o la derrota. Es verdad que las circunstancias políticas por las que atravesaba el país eran vertiginosas, había que explicar el cambio que se produjo en los sectores opositores al régimen dictatorial –en el sentido en que se radical izaron las posiciones para entender los hechos que se sucedieron. Esto seguramente tiene que ver con la afirmación de un imaginario, que se fue construyendo sutilmente a medida que el enfrentamiento con la dictadura militar de turno era más agudo. Evidentemente el peronismo aparecía como la contraimagen del sistema político y económico.

También significaba, si lo queremos leer tomando en cuenta el fenómeno de la crisis, como la emergencia generacional de aquellos que se incorporaban a la política, promoviendo una ruptura con la visión tradicional de los partidos demoliberales, incluyendo al peronismo.

El descreimiento en la política, significaba que se la encaraba bajo una nueva óptica, que entendía el ejercicio de su práctica fuera de los marcos de lo que era común. Confluían sectores nuevos, en una estructura que parecía permeable. Lo que verdaderamente ocurría es que los grupos se fundían en una identidad, en la que la convergencia y el eclecticismo político, explican el destino de muchos núcleos organizados. Estos grupos perdían abruptamente su anterior procedencia, para pasar a explicitar un discurso que era del anterior. Este pasaje, como dijimos era muy veloz, e hizo que los conflictos tomaran un cariz particular.

Es que la nacionalización de las clases medias, como se decía entonces, justamente se procesaba en esos años y esto exigía que se leyeran de diferente manera cuestiones, problemas y fenómenos que hasta allí habían tenido una determinada interpretación y que, con la "nacionalización" se reformulaban. Pero este cambio de enfoque no se realizó sin que existieran tensiones y dificultades, que provenían de esas conversiones tan rápidas que se sucedían, y que seguramente venían incubándose en las discusiones que se dieron, cuando en el 55 el peronismo fue desalojado del poder, hecho que, como sabemos, dividió aún más a la sociedad argentina.

Si la postura "anti", había sido la característica predominante en amplios sectores de las capas medias, la nueva actitud, sobre todo de los jóvenes, traía una imagen distinta respecto al peronismo. El acercamiento de ellos a ese movimiento político, venía envuelto en una mitificación que no permitía juzgarlo adecuadamente y se efectuaba la operación de rescate, en un marco de crispación socio-política, de la cual la crisis era la manifestación de los conflictos aún no resueltos. Desde la literatura, la contundencia de las narraciones y poéticas, era una constante; ello indudablemente se correspondía con una concepción crítica y politizada de la realidad, que era percibida como un desafío necesario de desentrañar.

La crisis, como decíamos, tenía relación con muchas significaciones sociales, que estaban en estado latente y que parecía que sólo era necesario detectarlas para que se mostraran plenamente. La emergencia de esas circunstancias provocaba situaciones impensables como si una lógica muy particular guiara muchas de las conductas de ese tiempo, lo que hacía que las acciones fueran por un lado previsibles y por el otro poco meditadas.  

Para la literatura la crisis era la oportunidad de que fueran saliendo a la luz nuevos nombres y planteas, sobre todo algunos escritores se transformaron en precursores, cuya obra se redescubría y por la importancia de su trabajo literario, eran verdaderos emblemas que la época colocaba en un primer plano. Traían los precursores, una cierta imagen "antioficial", "no académica", que coincidía con el imaginario del período, ya que los intelectuales de los 60/70 buscaban poseer estas mismas cualidades.

"En su origen, Crisis significaba decisión en el momento decisivo, en la evolución de un proceso incierto, que permite el diagnóstico", afirma Morin, para terminar diciendo: "Es el momento en el que junto con una perturbación, surgen las incertidumbres" 5. Si relacionamos esto último con la literatura podemos reflexionar que la indecisión que ronda la posición crítica exige un trabajo riguroso con el lenguaje. Los precursores anduvieron por esos límites: o por medio de la exasperación expresiva, la quiebra constante, transformando la literatura en la búsqueda de lo grotesco y las distorsiones más audaces como en Arlt, o mediante el pensamiento también disruptor de Macedonio, que utiliza lo especulativo para concebir el espacio literario como algo semejante a la alucinación (Macedonio realiza su obra con un humor que se va estructurando en ficciones y negaciones que en un juego de espejos, de entradas y salidas, inaugura lo que está por venir),o convirtiendo a la literatura, como en Juan L. Ortiz, en un universo de múltiples significaciones, envueltas en un clima donde todo se mueve en equilibrio de elementos que se complementan entre sí. O como en el caso de Girando, que entiende la Literatura desestructurándose en un experimento continuo, donde el mundo estalla en fragmentos y la violencia de la dispersión necesita ser capturada en imágenes que surgen de esa exuberancia.

En todas esas escrituras, de diversas maneras, el concepto de crisis está implícito. Ellas se ubican en el umbral que habla a la vez que la literatura se va desmembrando, como si se estuviera asistiendo a un desmontaje de sentidos y se atisbara una nueva estructuración bajo los signos del replanteo de la idea de literatura. Se coloca entre paréntesis no sólo la delimitación de los géneros (en el sentido de los márgenes existentes entre lo que es literario, lo que no lo es, la contaminación y filtración de los diversos órdenes en juego), sino también la exterioridad de un discurso realista, porque la insuficiencia de ese criterio, irá añadiendo nombres a toda esa masa de nuevos sentidos que están por nacer.

La incertidumbre proviene de una paulatina asunción de la moralidad, la literatura vista no como rodeo esteticista, porque lo que ocurre es que el contexto de crisis social, produce relecturas estéticas y por lo tanto nuevas aproximaciones a problemas constantes. Un rasgo característico es la idea de que la literatura es un ejercicio antisublime que poco tiene que ver con una actividad que se destaca por su lugar central y prestigioso, por el contrario se trata de una tarea de índole crítica, que ve en la investigación la manera de probarse en la obtención expresiva de zonas inéditas. Si el humor aparece bajo las formas de lo que cambia de lugar como en Macedonia, o está al servicio de un clima, por medio del absurdo como mediación, como en Arlt –por lo que a veces no es ni siquiera humor– se registra en la burla que todo lo corroe.

De acuerdo con los tiempos crisis, la literatura de los 60/70, bus encontrar ese tono que particulan sus poemas y narraciones, que es van motivados por la pasión y por una relectura de la Literatura Argentina.


Notas

1. Juan Corradi, citado por Kathleen Neman: "La violencia del discurso", en Estado autoritario y la novela política argentina, Catálogos, Buenos Aires.
2. Silvia Sigal, Intelectuales y poder en década del '60, Puntosur, Buenos Aires, 1991.
3. César Fernández Moreno, "¿Poetizar o politizar?", en ¿Poetizar o politizar? Literatura y política, Losada, Buenos Aires, 1973.
4. Serge Doubrovsky, "Crítica y existencia", en Los caminos actuales de la crítica, (dirigido por Georges Poulet), Planeta, 1967.
5. Edgard Morin, "Para una Crisiología en El concepto de crisis”, Megápolis, Buenos Aires, 1979.


Publicado inicialmente en el n° 17 de la revista EL OJO MOCHO, verano 2003.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

VIOLENCIA Y DESESPERACIÓN


A propósito de El Fiord, de Osvaldo Lamborghini

por Jorge Quiroga

El Fiord es un texto exasperado, escrito mediante la intercalación de fragmentos superpuestos de lenguaje que forman una especie de paisaje irreal, donde las palabras se juntan en un circuito que se autorrefiere constantemente. La imagen del Fiord irrumpe como la aparición visual que trae luminosidad intermitente a una serie de secuencias grotescas, cuya principal característica es encerrarse y mezclar elementos, los que pueden ser dichos a través de figuras sometidas a una distorsión caricaturesca.

Hay una voluntad terrorista de lenguaje, una provocación que se cumple con el desencadenamiento de imágenes arbitrarias, y su consecuencia es fragmentar el relato hasta volverlo inconcluso.

Existe una historia, donde la política, el sexo y la perversión, las siglas fácilmente verificables, no llegan a encubrir el verdadero hermetismo del texto.

La violencia traspasa ese relato, irrumpiendo como una especie de fascinación y colocándose en primer plano de la narración, que en última instancia narra el desgarramiento privado de un sujeto feroz, dividido tenazmente en su dispersión.

Orgía, falsificaciones, para decir, en el exceso, ciertas ceremonias de iniciación doblegadas en el nacimiento de lo sangriento. La política remedada en lo narrado, y el lenguaje incorporando retazos de las jergas, de los cuerpos y acciones despedazadas. En fin, brillos falsos, ese espacio de la orgía alegórica es clandestino, subterráneo, ilusorio, mero lenguaje desencadenado.

El Fiord, con su escritura de la destrucción, al proponer esas voces ásperas quiere enmascarar cualquier desfallecimiento, y por vía inversa, en medio de surgimientos abruptos, narra la historia de un sujeto que ya está perdido en un laberinto de miedo.

El relato, aparentemente circular, comienza en el pujo del parto, entra de lleno en las violaciones de la orgía, separa e incluye al ideólogo, fluye arltianamente en la traición humillante, se remansa en la imagen del Fiord que pasa por una violencia como constancia. Narra la muerte de la autoridad que es servida en el banquete antropofágico y termina emblemática y burlonamente, entre las esporádicas iluminaciones de las consignas políticas: “No Seremos Nunca Carne Bolchevique, Dios Patria Hogar", "Dos tres Vietnam", “Perón es Revolución", "Solidaridad Activa con Las Guerrillas", "Por un Amplio Frente Propaz”.

El "neofascismo" real de Osvaldo Lamborghini se rinde a las tensiones como síntoma, todo está contado, podría pasar por el lenguaje desmesurado de un loco que narra su transgresión a trasmano donde los cuerpos sexuales triturados abren espacios imaginarios sin clausura.

Hablan de poses aristocráticas; sólo puedo ver angustia y desesperación en este texto del Fiord, escrito rabiosamente, con aliento vanguardista, y un desolador desapego que termina en la negación.




Publicado inicialmente en el n° 5 de la revista EL OJO MOCHO, otoño 1994.